Momo, ¿un monstruo digital real?

Con una expresión aterradora, ojos vidriosos y extremidades aberrantes aparece Momo. Imagino a su escultor, Keisuke Aiso, trabajando arduamente para crear la escalofriante pieza. De hecho ahora que me he tomado un tiempo para escribir esto, dudo que mi sueño pueda ser reparador. No estoy segura de que pueda quitarme el horrible rostro de la mente.

La aterradora escultura fue creada por un artista Japonés. Pese al contexto, Keisuke Aiso estaría contento de que su trabajo haya tenido repercusión mundial.

Mother bird (Madre pájaro) es el nombre original de la pieza artística creada en 2016. Unos años más tarde, la imagen de la escultura es la causante de una historia de horror: algunos jóvenes se habrían hecho daño tras cumplir con el Momo Challenge (Reto de Momo), un juego en línea que supuestamente anima a niños y adolescentes a lastimarse o incluso acabar con sus vidas. La terrorífica imagen aparece, supuestamente, en diversos canales digitales. Su pálida piel y sus inmensos ojos son el manual de instrucciones para llevar a cabo actos atroces.

Leer sobre Momo congela la piel, y pese a que la falta de pruebas pone en duda su veracidad (de hecho, algunos medios como el británico The Week o CNN ya declaran que el escalofriante reto es un hoax -engaño masivo en medios electrónicos-), su salto a la palestra aparece con aires de triunfo.

Me sorprende ver la cantidad de usuarios de redes sociales que comparten información sobre el hecho como si se tratara de regar una buena nueva. Esto lleva a pensar que nos hemos convertido, tal vez, en meros replicadores de lo que vemos (sin detenernos un minuto para analizar lo que llega a nosotros). La hiperdigitalización es un problema latente que no tiene solución a la vista, y es justo por ello que lo más sano sería replantear lo que transmitimos a nuestros niños.

Imagen tomada de cuenta de Facebook de Fiscalía General de la República (México)

Las niñeras digitales no son novedad (tampoco sus fatales consecuencias). Los niños lloran o están inquietos y lo más fácil es entregarles un teléfono o tableta, encender algún video y...¡listo! mágicamente el problema está saneado. Los niños están tranquilos y los padres disfrutan (anulando, penosa y temporalmente, la existencia de los menores).

Los gigantes tecnológicos no esperan y alimentan sus negocios con la creación de plataformas amigables con los niños. Motores de búsqueda que son seguros y que prometen una experiencia mínimamente (o nada) invasiva para los pequeños usuarios.

Agresividad, ira, trastornos de sueño y problemas de adaptación son algunos de los efectos negativos del uso excesivo de dispositivos móviles por parte de menores. 


Sin embargo, ¿es correcto confiar en los medios digitales y dispositivos móviles para ser parte de la rutina de los niños? No me tomen por anticuada, estoy muy al tanto de que puede ser casi imposible evitar el contacto con tanto novedoso aparatito. Sin embargo, los controles parentales y demás seguridades parecen ya haber quedado obsoletas.

Volviendo al asunto de Momo, vale traer a colación otros casos similares como la Ballena Azul (otro juego suicida que también parece no haber existido). En fin, en este punto la veracidad de las historias, o que casos similares suenen a periódico de ayer, es lo que menos importa.

La realidad es que estamos dejando a nuestros niños solos y vulnerables ante un gigante que no podemos controlar. Estamos permitiendo que, cómodamente, los niños pierdan la capacidad de imaginar y de crear. Al desplegar una lista de reproducción de Youtube, por ejemplo, no podemos regular los anuncios previos a cada video, no podemos prohibir que accidentalmente entre canciones de "La Vaca Lola" o Baby Shark aparezca de pronto el vulgar video de reggaetón que sonó durante la reunión que tuvimos con amigos.

No sabemos con quién toman contacto nuestros hijos cuando permitimos que tengan su propia cuenta de Facebook o Instagram, no sabemos todos los resultados que arrojarán los buscadores cuando tengan intención de hacer su tarea de Ciencias Naturales.

Con nostalgia, en este punto, recuerdo que tuvimos la suerte de tener una niñez sana. Que logramos pasar la escuela y el colegio sin necesidad de navegadores y que, si estábamos aburridos, inventábamos algún juego o simplemente tomábamos papel y lápiz para armar un improvisado tres en raya.

Soy madre de un recién nacido y probablemente mi capacidad de opinar sobre lo que viven niños o adolescentes pueda ser puesta en duda. Sin embargo me aterra pensar que mi hijo no sea capaz de apreciar todo lo bueno que tiene el mundo, que no se atreva a encontrar figuras en las nubes o que no pueda sumergirse la noche entera en un buen libro. Lograr que desde esta edad comprenda que hay más y mejores distracciones que un videojuego es mi lucha de cada día.

El reto de Momo pudo no haber sido real, sin embargo aparece como un gran monstruo digital. Tal vez es momento de volver al inicio y repensar las cosas, tal vez es momento de analizar que los verdaderos monstruos no son los que aparecen digitalmente y fuera de nuestro control, tal vez los verdaderos monstruos somos nosotros; por dejar que nuestros niños bailen libres  y sin ningún control por el mar de la tecnología mientras nosotros, desde la orilla, disfrutamos de un delicioso cóctel que nos emborracha y no permite que veamos con nitidez cuál es la verdadera raíz del problema y buscamos culpables en todo, menos en nosotros mismo.

De sillas vacías y parodias en tiempo electoral

Durante un reconocido espacio televisivo de entrevistas, sosteniendo con efusividad una diminuta silla de madera rodeada por una bandita tricolor con la inscripción "Ecuador", se mostró una de las candidatas al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS). Su discurso es bastante básico, repetitivo, con tono enfático en lo que expresa el artefacto que pinza con sus dedos. Lo sacude de vez en cuando hacia atrás y adelante como cuando alguien señala con el dedo con intención de expresar un "vas a ver". 



La pequeña silla se tuerce un poco hacia los costados, la cámara la enfoca, ya no presto mayor atención a lo que dice la candidata. El mensaje -el único- está entendido, y es lo único que logro rescatar de sus casi 10 minutos de diálogo con el experto entrevistador. 

"De triunfar en estas elecciones, voy a promover la iniciativa de la silla vacía"; quizás no es eso lo que dijo exactamente, pero lo pongo entre comillas porque parafrasear su discurso resulta sencillo. 
No dijo más, las palabras de relleno y frases vacías colmaron el diálogo. Me detengo a pensar en lo burdo del recurso, mostrar una diminuta silla para hacer gráfica una intención, porque nos toman por tontos, nos ven seguramente como seres de un que realmente pudieran sentarse en la silla de juguete. 


Este año está marcado, en Ecuador, por una nueva coyuntura electoral. El domingo 24 de marzo se aproxima, y con él la incertidumbre de quiénes serán las nuevas autoridades de las 24 provincias de nuestro País. 

La campaña comenzó oficialmente el  05 de febrero y culminará el 21 de marzo, y mientras este periodo transcurre los ecuatorianos somos el blanco de infinidad de mensajes (algunos coherentes, y otros no tanto) por parte de los candidatos a las más de 5 mil autoridades principales: alcaldes, prefectos, concejales urbanos y rurales, miembros de las juntas parroquiales e integrantes del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS).

Entre tanto, la campaña política y la misma política no han dejado de tener un rostro vulgar y con sonrisa burlona, no han dejado de ser el monstruo que nos acecha cada cierto tiempo y que se alimenta (mayoritariamente, espero) de la oportunidad que ven algunos de ocupar un sitial que les garantice un sueldito racional, un salto a la palestra pública, y un puesto más cercano al bolsillo de los ciudadanos. El poder está, penosamente, embarrado de estiércol hasta el borde.Todavía intento pensar y creer que hay seres humanos éticos y dignos para ocupar los cargos que serán designados durante tras la jornada del 24 de marzo.

Las peculiaridades no han dejado de surgir, y considerando ese punto el resultado de la jornada electoral podría no variar: porque el rumbo del país no cambia si la política sigue siendo la farsa de siempre. Solo por hacer un resumen: plagio en piezas de propaganda, una cifra exagerada de candidaturas inscritas, mensajes desatinados en spots de los candidatos, y eslóganes ridículos.




Sobre uno de estos casos, particularmente, me atrevo a decir que la lucha por la igualdad de género no se puede resumir a una chancleta rosada y parodias que dejan a las mujeres como títeres de la política. Resulta, además, doloroso y vergonzoso que una candidata se agarre de una coyuntura que lastima, para atraer votos.
Curioso además que con su "experiencia en comunicación" no se haya tomado el tiempo para analizar los mensajes de sus piezas de campaña. Curioso que se atreva a decir que es "promujer", y que no se haya detenido medio segundo para analizar lo mucho que ese término abarca.




*Nota para el lector: los ejemplos citados son solamente eso, ejemplos. Y no constituyen bajo ningún motivo una "acusación" directa a los involucrados.

Y es que repentinamente a unos cuantos les ha dado por repartir abrazos a los niños, ancianos y a cualquier ciudadano que se les ponga al frente. Se les ha ocurrido montar espectáculos musicales porque, para mala suerte de nuestro pueblo, así se consiguen votos, porque "pan y circo" se juntan para ser la mejor estrategia, porque la ansiedad de poder se frota las manos antes de abofetearnos.

No dudo de la capacidad de los nuevos políticos, tampoco de los viejos. De hecho, conozco algunos perfiles (a los que aprecio mucho) que de cierto modo renuevan mi esperanza y me hacen creer que es posible proponer acciones sesudas en pos de un cambio positivo para la sociedad. Pero nada de eso le hace ni un poco de sombra a la decepción que siento al ver a los muchos payasos usando corbata, listos para atacar.

Nuestro deber como ciudadanos es conocer bien a los candidatos, sus perfiles y propuestas, solo así podremos votar concienzudamente y no ser causantes del constante naufragio político en el que está nuestro país.

Las elecciones, nuevamente, son ese momento crítico que nos deja en plena vulnerabilidad. Porque sabemos que el fraude estará a la vuelta de la esquina, porque conocemos la poca preparación profesional de un grupo considerable de candidatos, porque algunos candidatos piensan -y vuelvo en este momento al ridículo elemento de la diminuta silla- que nos pueden ver sentados en un artefacto así (haciéndonos pensar que podremos ser activos partícipes  y críticos de sus propuestas), y colocarnos en una casa de muñecas para jugar con nosotros a su antojo. 





Femicidio, miedo y silencio







Una nota de Diario Expreso cita que, según la Red Nacional de casas de acogida, cerca de 600 mujeres fallecieron en Ecuador desde 2014, víctimas de violencia de género; y que solo en 2018, hasta el 18 de noviembre, se registraron 75 femicidios a escala nacional.

Resultado de imagen para femicidioEl tercer mes de 2019 está cerca de iniciar y ya se han registrado dos muertes violentas de mujeres, ocasionadas por sus parejas, violaciones e historias de acoso se repiten a diario como si se tratara de una serie de terror que no encuentra su capítulo final.



El solo término es capaz de helar la piel. "Femicidio", lo escribo , me tiemblan los dedos, se me congelan,y cada una de sus letras me raspa el alma y hace que en mi corazón se desgarre una herida que no tiene intención de cicatrizar. Y digo cicatrizar porque es probable que escuchemos de nuevos casos a diario, que pase el tiempo y el dolor se atenúe, pero la piel queda lastimada, en ella queda la señal de cada vida que se pierde, de cada golpe, de cada grito que fue ahogado, y cada lágrima de las mujeres que ya no están.

Cierro mis ojos y pienso en Diana, en Martha, en aquella mujer que murió a manos de su expareja en Pisulí. Pienso en todas las mujeres de las que una cercana amiga uruguaya me habla: "Boluda, acá y en Argentina todos los días escuchamos que matan a mujeres, que las secuestran, que las golpean". Y sí, yo pienso que acá también, que en todos los rincones del mundo esto pasa todos los días y cada vez más. Y pienso también que tal vez antes también ocurría, pero que ahora cada situación se vuelve más visible porque estamos hiperconectados, porque las redes sociales nos muestran las imágenes en crudo, porque vemos que el acoso y la violencia es tan común, que tal vez compartir una historia más (propia o ajena) puede inflar ese colchoncito de apoyo en el que sentimos que caemos cuando "a alguien más le pasa".

A Martha la violaron de la forma más despiadada -aunque dudo que haya una forma "piadosa" de ejecutar un acto tan atroz- entonces me retracto del adjetivo y diré solamente que la violaron en una reunión de amigos. A Diana su pareja le clavó un cuchillo varias veces en el cuerpo hasta matarla (estaba embarazada, no solo la mató a ella), un hombre acabó con la vida de su expareja en plena vía pública, en plena luz del día. Una joven es perseguida desde hace varios años por un hombre, él la sigue a donde va, la espera a la salida de su universidad, la observa con morbo y maldad, la acosa. Otra mujer fue ultrajada por un taxista cuando iba camino a su sitio de estudios. No me alcanzarían las líneas para nombrar todos los casos que han ocurrido al menos últimamente, y esos son los que conocemos. ¿Cuántos nos faltan por conocer? ¿Cuántos ocurren a diario y siguen siendo invisibles?

Luego, escucho también que es el machismo el que nos mata. Y me detengo para analizar si en serio es eso, y dudo. Escucho pregonar que "el patriarcado se va a caer", y dudo nuevamente. Porque no se trata solamente de acabar con estructuras sociales retrógradas, sino de acabar con una figura oscura que nos ataca: la violencia (de hombres hacia mujeres, de mujeres hacia hombres, de algo que va contra algo, sin etiquetas y sin prejuicios). Además, dudo porque veo que el feminismo de cierto modo perdió el norte (¿Será feminismo protestar con los pechos al descubierto, atacar a las iglesias y parodiar religiones? Lo dudo. Pero de esto tal vez hablaré en otro artículo):

Por coincidencia -o no- este texto ocurre casi a la par con la reciente lectura de la reseña biográfica de Rosa Montero sobre María Lejárraga (esposa de Gregorio Martínez Sierra). María siempre -o casi siempre- escribió las obras que publicaba su marido, lo único que quizás era del puño y letra del casi holgazán era solamente su firma.

María, como muchas otras mujeres prefirió el silencio, tal vez su pareja no mató su cuerpo, pero sí mató su talento, y eso también resulta ser violento. Las letras se volvieron el bote salvavidas de María, y en uno de sus ensayos convierte a su marido en un muñeco parlanchín que habla, sin querer, con otra voz (la de María). En la biografía de Montero sobre Lejárraga, cita a uno de sus ensayos: "Las mujeres callan porque, aleccionadas por la religión, creen firmemente que la resignación es virtud; callan por miedo a la violencia del hombre, callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas". Y con esas palabras María se esconde, en uno de sus ensayos, tras la firma del hombre con el que vive o, en su defecto, del hombre con el que muere. 
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El rostro de María es frío. Su mirada es extraña, sus labios parecen contenerse para no gritar mil palabras. El rostro de María es misterioso, profundo y extraño. Su rostro es tal vez el reflejo de sus días.

Y veo que las mujeres hemos sido blanco de atrocidades desde siempre, y vuelvo sobre intentos vanos por explicar o explicarme por qué. Sobre la violación a Martha escribí una carta que en poco tiempo se viralizó, la escribí con dolor e impotencia. Con ganas de romper los gritos que tantas mujeres callan. Necesitamos políticas de estado reales y contundentes que sean capaces de salvaguardar a las personas, necesitamos criar seres humanos empáticos, capaces de entender realidades, de respetar y denunciar todo aquello que atente contra la integridad de ellos y de quienes les rodean. Necesitamos la libertad de caminar seguros por donde elijamos, de romper las cadenas del silencio y del miedo, de comprender que se trata de que #NadieMenos .


Nuevamente vuelvo sobre la las letras de Lejárraga: "...callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas", y no dudo más: el silencio y el miedo son lo que nos mata, el machismo y cualquier otro término similar son apenas la punta del iceberg, son las armas que estos personajes terroríficos toman con sus asquerosas manos, para hacer de las suyas siempre que quieren.

¡A romperlos!

PD. Este artículo buscó tener un orden lógico, y terminó convirtiéndose en un laberinto de ideas que tomó algo de forma. La alusión a la biografía de Lejárraga busca darle mayor contundencia y contexto. Además, al ser este el primer artículo del blog tras su cambio de nombre, busca también ser una suerte de "homenaje" a Rosa Montero, porque además de fascinar con sus obras, hace que siempre vuelvan a mí las ganas de escribir.

Loca, ¿la de la casa?

La loca de la casa es una exquisita obra de mi autora favorita: Rosa Montero. La leí hace ya algún tiempo pero no dejo de acordarme de cada página. Me imagino esa introspección que logró hacer, me imagino cómo debe haberse sentido al desnudar su mente y su vida en un libro.

Las casas son como personas. Sus paredes exteriores cuarteadas, sus ventanas mirando como si quisieran grabarse lo que sucede fuera; y adentro, ¿qué hay? magia, locura, secretos, tiempo. Somos quizás como una casa, nos edificamos, nos renovamos, guardamos dentro tantas cosas que seguramente no conocemos por completo. 
Me tomo un poco el nombre de esta obra maravillosa para darle una nueva personalidad a este espacio digital. Loca, la de la casa; altera el orden del título de la obra porque sé que eso es de ella, de Rosa. Pero de cierto modo siento que, al igual que ella (pero con una experticia que no le llega ni a los talones y con una pauta que me marca sin prisa) este blog es también un espacio que personifica la relación que mi imaginación tiene conmigo.

Antes se llamaba "Just Whispering" (porque creía que escribir era también susurrar, por eso les dejo la descripción antigua del blog en esta entrada), pero ahora sé que mis letras son la mayoría del tiempo un yo que adquiere distintas caras y distintos cuerpos; que otras veces no soy yo sino alguien más, que escribo para curarme y también para curar, para contar y para SER.

Anexo:

Just Whispering...

Porque a veces lo único que queremos es susurrar,decir lo que pensamos en "bajito". Cuando susurramos esperamos que alguien nos escuche... sólo ese "alguien", nadie más. Porque luego de un susurro queda un "cosquilleo" suave y delicado de las palabras; porque a veces los sonidos fuertes, agudos y chirriantes, no son la mejor forma de desahogarnos... podemos gritar despacito.. y las palabras gritan mejor cuando están escritas.

¿Era Lenín lo mejor de la revolución ciudadana?

Con los hechos que se han suscitado en los últimos días, parece que a varias personas se les ha cambiado por completo su forma de pensar. Antes, se decían miembros de la oposición, dijeron #LenínNoEsMiPresidente , marcharon durante días enteros alegando que los resultados de los comicios fueron fraudulentos, que les robaron su libertad y que no descansarían hasta ver al País en manos de quien "realmente se lo merecía".

Hoy, gracias a la poca memoria histórica que suele caracterizarnos como sociedad, y a la emoción efímera que nos invade en estos días tras la difusión de los audios en los que José Conceição Santos dialoga con el excontralor Carlos Pólit y pone en evidente vilo la posición, dignidad y orgullo político de quien hasta hoy es el Vicepresidente de la República; tras las declaraciones de Lenín mediante las que se pone en evidencia la crisis económica por la que atraviesa nuestro País, tras la batalla campal de Correa en redes sociales alegando que "les quieren robar la década ganada" (cuando el robo se hizo de otra forma) y otros hechos que han trascendido (particularmente ligados al escándalo de corrupción más grande de las últimas décadas: Odebrecht)... logro ver que, ahora, a quienes nos decíamos de oposición (o nos decimos, todavía) nos quieren vender la idea de que Lenín era el mejor candidato opositor que pudo haberse presentado para habitar Carondelet. Y no solo eso, era el mejor testaferro de lo más podrido de la revolución ciudadana. Hoy, Lenín aparece como un héroe, como el que nos dice todas las verdades (y LES dice todas las verdades), como un político tatuado de patriotismo y consideración, que tiene al diálogo como bandera y que, de cierto modo sorprende con sus acciones.


Los excompinches (y aún binomio), estrechando manos en un acto antes de la inscripción de su candidatura. 
El retiro de las funciones a Glas, mediante Decreto Ejecutivo 100, no implica la pérdida del cargo; significa más bien que el mandatario ya no tiene atribuciones y actividades puntuales dentro del esquema del Ejecutivo. Es decir, Glas sigue siendo el Vicepresidente de la República, Glas sigue siendo el binomio de Moreno, Glas sigue simplemente SIENDO. La diferencia es que, ahora, no viajará en el avión presidencial, sino que tendrá que recorrer el País por tierra para "trabajar con la ciudadanía" (como ya declaró), y un par de cosillas más, pero aclaro lo del avión porque parece que es lo que más le ha dolido.

Con este escenario, al parecer Glas adoptará la posición de lucha, se convertirá en el mercenario defensor de la revolución ciudadana, será el opositor de su binomio y seguramente la piedra angular en la que se fundarán los ideales de una "Nueva década ganada", de la mano del titiritero que, al menos por ahora, disfruta de una placentera estadía al otro lado del charco. 


Hoy, el Ecuador que hace poco estaba tan dividido, sigue marcado por una tendencia que no tiene esperanza de ser revertida: los inicialmente opositores ahora parecen oficialistas, y los inicialmente oficialistas parecen opositores; y así seguiremos, brincando de un lado al otro como si se tratara de un juego de niños; o, más bien, un juego de grandes (porque las ratas políticas ya están bastante creciditas).
La madurez política que requiere el pueblo no está ni siquiera en pañales. Nos falta, y tanto. No se trata de salir a bailar y festejar porque las funciones le fueron retiradas al vicepresidente, tampoco se trata de cantar victoria porque "¡Qué bestia! Este Moreno sí que está haciendo las cosas bien". Seamos analíticos, reemplacemos la sensibilidad por la sensatez. 

Si notamos que nuestro País empieza a caminar con miras a un futuro prometedor, si nos proponen un plan real para subsanar la enorme deuda que nos dejaron, si no nos siguen metiendo el cuento de que con carreteras y escuelas del milenio (pero sin fuentes de trabajo y sin mecanismos de progreso) estamos casi a un pasito de convertirnos, poco más en potencia mundial; ahí, solo ahí, empecemos a alegrarnos porque "el que esté/el que venga/el que siga sí ha sabido hacer las cosas bien", y el pueblo ha sabido también ser protagonista y no solamente un títere de quienes lo manejan a su antojo, y se frotan las manos como una mosca acechando pasteles, alegrándose de haber metido la mano en sus bolsillos y preparándose para cometer cuanta desfachatez esté a su alcance.

Los niños…¿no lloran?

Caminaba por un concurrido lugar de mi ciudad. Disfruto mucho de observar a la gente; no es curiosidad, es instinto. Me gusta sentarme y ver a las personas que pasan, qué es lo que hacen, cómo actúan, cómo se relacionan con el mundo.

Una familia de cuatro miembros (a juzgar por mi intuición, eran familia). Él, tal vez 35 años, ella 30 o un poco menos. Dos pequeños revoloteaban a su lado. Una niña de 3 o 4 años y un caballerito de 6 u 8 años. Jugaban juntos, saltaban y corrían alrededor de sus padres y adornaban con su risa y travesura la fría tarde de junio.

Por necesidad y, para mí, por perfecta coincidencia, se sentaron muy cerca del sitio en el que estaba. Papá y mamá conversaban y reían y el par de hermanos se sentaron al borde de la banquita en la que la familia decidió descansar. De un momento a otro, la mirada de los dos pequeños se encendió, había un carrito de helados en la zona. “¡Por favor, por favor, queremos un helado! Helado, he-la-do. HEEELADOOO!”. Los dos niños se acercaron al comerciante con un par de monedas que su padre les había dado, dichosos, saboreaban dos paletas rojas. Al regresar, el hermano mayor tropezó con los cordones de sus zapatos (estaban desatados, siempre lo estuvieron), cayó y empujó involuntariamente a su hermana, lo que ocasionó que las golosinas cayeran al piso.

En cuestión de segundos, las sonrisas se extinguieron. Ambas miradas se llenaron de lágrimas y estallaron dos llantos que llenaron, en segundos, el eco del lugar. “Ya, mijita, tranquila, tranquila” le decía la madre a la pequeña. Mientras que el padre, levantó con delicadeza pero muy firmemente, al pequeño sujetándolo del brazo: “ A ver, hijito, cálmate. Los hombres no lloran, debes ser durito”.

El niño se encogió de hombros y trataba de consolarse mientras se fregaba los ojos con las manos y limpiaba su nariz. Estaba desconsolado, sí. Pero no tenía de otra, tenía que “aguantarse”; es lo que le había dicho su padre, y sus lágrimas tenían que obedecer.


 No paraba de rondarme la misma idea en la cabeza: En serio, ¿los hombres no lloran? Desde sus primeros días, e incluso desde que están en el vientre de sus madres, los niños aprenden e imitan lo que escuchan y ven. Sus sentidos son la puerta de entrada al mundo, son los engranajes que trabajan arduamente  para formar su personalidad; children see, children do.

Será entonces que, decirle a un niño que, por ser hombre, no debe llorar ¿es lo correcto? Para muchos padres, puede serlo.

El llanto no es una bandera de género, no es un agente diferenciador entre un niño y una niña. Es, simplemente, una forma de exteriorizar un sentimiento: alegría, dolor, tristeza, nostalgia. Decirle a un niño que “no llore, por que los hombres no lloran”, es un riesgo latente.

En las culturas latinoamericanas suele ser un hecho recurrente, pero, ¿se han puesto a pensar en los efectos?

Nos quejamos constantemente de las acciones machistas; incluso hay niños que, desde pequeños, buscan demostrar superioridad frente al género contrario; seguramente a muchos de ellos sus padres o alguien cercano les dijo que las muñecas son solo un juego de niñas, que las niñas no juegan con autos, o, simplemente, les dijeron que “no lloren”, porque los niños no lo hacen. 



Es necesario criar niños que sepan el valor de los sentimientos. Que aprendan a reír, pero que también aprendan a llorar. La sensibilidad ante la vida resulta elemental, dejemos que los niños rían y lloren, no por berrinche ni capricho, deben hacerlo si les resulta necesario. No son máquinas, son seres humanos. Y el llanto es una de las muestras más sublimes de humanidad, una lágrima que moja una mejilla será también causante de un abrazo o una caricia. Los niños necesitan llorar; para, valga la redundancia, sentir que sienten.


Crónica de media cuadra (porque no fue posible la cuadra entera)

Caminar por la ciudad resulta relajante y placentero, principalmente si es por lugares que guardan historia, magia y secretos. Quienes me conocen saben lo mucho que adoro el Centro Histórico de Quito. Al transitar por sus calles, suelo perderme en cada esquina, cada balcón. No puedo dejar de admirar la belleza de su arquitectura, ni de su gente.

Sin embargo, resulta que ahora ir al Centro Histórico (sola) se convirtió en un acto inconveniente y de riesgo. Y sí, tal vez no solamente en ese sitio de la ciudad si no, en general, en las calles del mundo.  No se trata de ser feminista, de caer en tendencias radicales ni de exagerar en actitudes, pero resulta lamentable que el solo hecho de caminar por sitios públicos (para las mujeres, mayoritariamente) sea tan complicado.

Viernes, media tarde. Clima cálido y jornada laboral. Estacioné mi auto en uno de los espacios públicos que tiene el Centro Histórico de Quito, mi sitio de destino estaba exactamente a una cuadra del lugar en el que dejé mi vehículo. Bajé del auto, me ilusioné con ese aroma a maíz dulce, con la clásica bulla de este sector de la capital; adornada por los gritos de los vendedores de periódico, vendedores ambulantes y las llantas de los autos chocando contra ese pavimento que, de seguro, ha soportado pisadas de personas que hicieron historia. Mientras camino por allí, disfruto de imaginar cómo habría sido la zona hace un siglo, o tal vez dos.

A penas dí un par de pasos, y bastaron para encontrarme con un montón de hombres impertinentes. Es lo que hay: IMPERTINENCIA, tropezones con "halagos" que no queremos. “Mira, unita así para nosotros”, “Ay, reina, ssssss”, “Qué bestia, qué rica”.

El acoso callejero es una realidad, y nos ha obligado (lamentablemente) a caminar con la cabeza baja, con miedo y frustración. Según cifras del Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, el 80% de las mujeres sienten temor de usar medios de transporte píublicos, y al menos el 68% de ellas sienten temor de transitar por sitios públicos. Los números son alarmantes, y es un fenómeno mundial. ¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar los “piropos” de desconocidos? ¿Hasta cuándo debemos agachar nuestra cabeza para tratar, en la mayor medida posible, de no ser acosadas por esas miradas que intimidan y aterrorizan?

Seguí caminando, saltando de un lado a otro de la calle para evitar estos encuentros poco afortunados con los acosadores. Esquivaba acosadores como si se tratara de evitar baches. Sí, porque eso son: ACOSADORES. Deberán entender que acosar es invadir el espacio de otra persona, no importa que no exista contacto físico, una palabra o mirada son suficientes. Asustada, llegué a la siguiente esquina y me encontré con un grupo de 5 o 6 hombres. Todos decían palabras insultantes. Eché a correr para la siguiente esquina aguantándome las ganas de parar frente a ellos y gritarles todo lo que merecían. Pero no, resulta que no podemos pararnos frente a ellos porque de seguro nos pagan con la misma moneda. Harán un círculo en torno a nosotros y gritarán una u otra impertinencia más, tal vez hasta se atreverían a tocar nuestro cuerpo o a golpearnos. Porque son así, son los dueños de las calles, y se creen dueños también de quienes por a caminamos. Harores. Stimidan y y se creen dueños tambien s porque de seguro nos pagan con la misma moneda. Harores. Stimidan y hí caminamos. Un vigilante de tránsito se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, regresó a ver y no hizo absolutamente nada.


Llegué asustada a mi lugar de destino, no me atreví a caminar de regreso al sitio en el que había dejado mi auto y pedí que un taxi me trasladara al lugar. No caminé más de lo que debía, no logré hacerlo. Debía recorrer una cuadra y tuve que quedarme a la mitad.

Las mujeres debemos sentirnos libres de transitar por el sitio que elijamos, bajar nuestra mirada no debe ser una opción. No necesitamos medios de transporte “diferenciados”, tampoco necesitamos botones de auxilio para denunciar el acoso, necesitamos una sociedad consciente de que el acoso no es una opción, ni los “piropos”, ni los silbidos, ni tampoco los “besos” de un auto a otro, o de un auto hacia la calle, o frente a frente.

No los conocemos, tampoco queremos hacerlo. Solo queremos vivir nuestra rutina sin tener que alterarla por culpa de un acosador. Solo queremos ser transeúntes, y serlo en paz.




Entre los pechos de Emma Watson y un idilio de motel

Las redes sociales son un monstruo que crece a pasos desmesurados cada día. A ese ser, a veces tan bueno y a veces tan horripilante, le gusta comer de todo: chismes, curiosidad, morbo y crítica. Pero, uno de sus alimentos favoritos son los eruditos. ¡Sí! esos nuevos eruditos, opinólogos y dueños de la verdad.

En las redes sociales, todos somos libres de decir y exponer lo que bien nos plazca; pero las riendas del bicho en el que vamos "sentaditos" pierden el control casi todo el tiempo.

Corría el mes de marzo de 2017, ya nos habíamos visto inundados de contenidos sobre la mujer. Entre el acoso y la lucha, entre la justicia y la equidad. Y es que parece que, detrás de una pantalla de ordenador o de dispositivo móvil, somos poderosos. ¡Y sí que lo somos! Somos los amos y señores de lo que publicamos, de lo que replicamos y de lo que vemos. El criterio se nos resbala entre los dedos mientras tecleamos ansiosamente...

Hace dos días (que no les suene a periódico de ayer, pasa que recién logré animarme a escribir) ingresé a la web de la BBC y encontré una nota que llamó mi atención: Controversia por fotografías en Vanity Fair: ¿es Emma Watson antifeminista por mostrar sus senos? . No soy amante de la información de espectáculo, pero como periodista sé que hay que enterarse de todo. "Lee de todo, hasta para que tengas de qué conversar con la gente", decía un profesor de mi universidad.

Leí la nota con atención, y llegué a la conclusión de que el término feminismo está "híperutilizado" , a tal punto, que perdió su esencia y significado. Sucede que Watson, actriz y modelo británica es reconocida (además de sus papeles en grandes producciones cinematográficas) por apoyar e impulsar principalmente, causas que promueven la igualdad de género.

Llega el momento "cúspide" del tema, y Watson aparece en una serie de fotografías que muestran "algo demás" (para opinión de todos los eruditos y opinólogos). Entonces, la multitud se enardece: ¿CÓMO ES POSIBLE QUE, WATSON, AL LUCHAR CONTRA LA COSIFICACIÓN DE LA MUJER, APAREZCA EN IMÁGENES DE TAL CATEGORÍA? La actriz, se defendió, manifestó que hay una confusión sobre el concepto feminismo, resaltó lo artístico de las fotografías y añadió que el feminismo se trata de "la liberación y de dar opciones a las mujeres" .

Fotografía de Emma Watson, en Vanity Fair
Tan confundidos estamos, que nos alarmamos por una sesión de fotos (sin vulgaridad, desde mi punto de vista), pero no nos alarmamos por un grupo de mujeres mostrando los pechos en una plaza central de un país latinoamericano. ¿Sabemos verdaderamente QUÉ es el feminismo? ¿Lo llevamos como bandera o como excusa?

Volviendo al drama de las redes sociales, hoy ocurrió un hecho que también llamó mi atención. Se hizo viral un video sobre una pareja saliendo de un motel, el esposo de la mujer en cuestión grabó el hecho y enseguida se viralizó (bien puesto el nombre "viralizar", a veces las redes nos contagian de contenidos basura, y eso sí que es un  virus. Resulta casi como enfermarse.).


De inmediato, aparecieron fotografías de la mujer con su esposo, del amante con su esposa, de la mujer y sus hijos, de la vida, pasión y muerte de los protagonistas de este idilio de motel. El afectado, impulsado por su ira, seguramente no pensó demasiado para grabar el video, tal vez tampoco pensó demasiado en lo rápido que podía llegar a millones de espectadores, tal vez tampoco pensó en sus hijos ni en su familia...tampoco lo hicieron todos aquellos que se dedicaron a reenviar el material a su lista de contactos, tal vez no pensaron lo vergonzoso y difícil de la situación...tal vez, simplemente, NO PENSARON.

Sucede, entonces, que entramos en un conflicto moral complicado. Nos hemos dedicado a criticar todo lo que vemos, a viralizar contenidos y a viralizarnos la mente. Nos hemos dedicado a luchar contra una verdad inexistente, o a crearla de la nada y deshacerla cuando nos viene en gana.

Ya no tenemos claro qué es el feminismo, ya no sabemos a dónde va esa lucha. No sabemos si se trata de satanizar a cada hombre que vemos o de satanizarnos a nosotros mismo. No sabemos si lo que debemos hacer es publicar cada cosa que vivimos, o mofarnos de lo que vive el resto.

Dos hechos aparentemente aislados, que tal vez no son prueba de nada o son prueba de mucho. Del morbo, de la burla, del paredón en el que ponemos a los "protagonistas" cada vez que "viralizamos" lo indebido.

¿Roles?

  Hoy tuve que asistir a una reunión con mi hijo porque, a veces, el plan no sucede como estaba pensado. Estuve casi 30 minutos en una sala ...