Femicidio, miedo y silencio







Una nota de Diario Expreso cita que, según la Red Nacional de casas de acogida, cerca de 600 mujeres fallecieron en Ecuador desde 2014, víctimas de violencia de género; y que solo en 2018, hasta el 18 de noviembre, se registraron 75 femicidios a escala nacional.

Resultado de imagen para femicidioEl tercer mes de 2019 está cerca de iniciar y ya se han registrado dos muertes violentas de mujeres, ocasionadas por sus parejas, violaciones e historias de acoso se repiten a diario como si se tratara de una serie de terror que no encuentra su capítulo final.



El solo término es capaz de helar la piel. "Femicidio", lo escribo , me tiemblan los dedos, se me congelan,y cada una de sus letras me raspa el alma y hace que en mi corazón se desgarre una herida que no tiene intención de cicatrizar. Y digo cicatrizar porque es probable que escuchemos de nuevos casos a diario, que pase el tiempo y el dolor se atenúe, pero la piel queda lastimada, en ella queda la señal de cada vida que se pierde, de cada golpe, de cada grito que fue ahogado, y cada lágrima de las mujeres que ya no están.

Cierro mis ojos y pienso en Diana, en Martha, en aquella mujer que murió a manos de su expareja en Pisulí. Pienso en todas las mujeres de las que una cercana amiga uruguaya me habla: "Boluda, acá y en Argentina todos los días escuchamos que matan a mujeres, que las secuestran, que las golpean". Y sí, yo pienso que acá también, que en todos los rincones del mundo esto pasa todos los días y cada vez más. Y pienso también que tal vez antes también ocurría, pero que ahora cada situación se vuelve más visible porque estamos hiperconectados, porque las redes sociales nos muestran las imágenes en crudo, porque vemos que el acoso y la violencia es tan común, que tal vez compartir una historia más (propia o ajena) puede inflar ese colchoncito de apoyo en el que sentimos que caemos cuando "a alguien más le pasa".

A Martha la violaron de la forma más despiadada -aunque dudo que haya una forma "piadosa" de ejecutar un acto tan atroz- entonces me retracto del adjetivo y diré solamente que la violaron en una reunión de amigos. A Diana su pareja le clavó un cuchillo varias veces en el cuerpo hasta matarla (estaba embarazada, no solo la mató a ella), un hombre acabó con la vida de su expareja en plena vía pública, en plena luz del día. Una joven es perseguida desde hace varios años por un hombre, él la sigue a donde va, la espera a la salida de su universidad, la observa con morbo y maldad, la acosa. Otra mujer fue ultrajada por un taxista cuando iba camino a su sitio de estudios. No me alcanzarían las líneas para nombrar todos los casos que han ocurrido al menos últimamente, y esos son los que conocemos. ¿Cuántos nos faltan por conocer? ¿Cuántos ocurren a diario y siguen siendo invisibles?

Luego, escucho también que es el machismo el que nos mata. Y me detengo para analizar si en serio es eso, y dudo. Escucho pregonar que "el patriarcado se va a caer", y dudo nuevamente. Porque no se trata solamente de acabar con estructuras sociales retrógradas, sino de acabar con una figura oscura que nos ataca: la violencia (de hombres hacia mujeres, de mujeres hacia hombres, de algo que va contra algo, sin etiquetas y sin prejuicios). Además, dudo porque veo que el feminismo de cierto modo perdió el norte (¿Será feminismo protestar con los pechos al descubierto, atacar a las iglesias y parodiar religiones? Lo dudo. Pero de esto tal vez hablaré en otro artículo):

Por coincidencia -o no- este texto ocurre casi a la par con la reciente lectura de la reseña biográfica de Rosa Montero sobre María Lejárraga (esposa de Gregorio Martínez Sierra). María siempre -o casi siempre- escribió las obras que publicaba su marido, lo único que quizás era del puño y letra del casi holgazán era solamente su firma.

María, como muchas otras mujeres prefirió el silencio, tal vez su pareja no mató su cuerpo, pero sí mató su talento, y eso también resulta ser violento. Las letras se volvieron el bote salvavidas de María, y en uno de sus ensayos convierte a su marido en un muñeco parlanchín que habla, sin querer, con otra voz (la de María). En la biografía de Montero sobre Lejárraga, cita a uno de sus ensayos: "Las mujeres callan porque, aleccionadas por la religión, creen firmemente que la resignación es virtud; callan por miedo a la violencia del hombre, callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas". Y con esas palabras María se esconde, en uno de sus ensayos, tras la firma del hombre con el que vive o, en su defecto, del hombre con el que muere. 
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El rostro de María es frío. Su mirada es extraña, sus labios parecen contenerse para no gritar mil palabras. El rostro de María es misterioso, profundo y extraño. Su rostro es tal vez el reflejo de sus días.

Y veo que las mujeres hemos sido blanco de atrocidades desde siempre, y vuelvo sobre intentos vanos por explicar o explicarme por qué. Sobre la violación a Martha escribí una carta que en poco tiempo se viralizó, la escribí con dolor e impotencia. Con ganas de romper los gritos que tantas mujeres callan. Necesitamos políticas de estado reales y contundentes que sean capaces de salvaguardar a las personas, necesitamos criar seres humanos empáticos, capaces de entender realidades, de respetar y denunciar todo aquello que atente contra la integridad de ellos y de quienes les rodean. Necesitamos la libertad de caminar seguros por donde elijamos, de romper las cadenas del silencio y del miedo, de comprender que se trata de que #NadieMenos .


Nuevamente vuelvo sobre la las letras de Lejárraga: "...callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas", y no dudo más: el silencio y el miedo son lo que nos mata, el machismo y cualquier otro término similar son apenas la punta del iceberg, son las armas que estos personajes terroríficos toman con sus asquerosas manos, para hacer de las suyas siempre que quieren.

¡A romperlos!

PD. Este artículo buscó tener un orden lógico, y terminó convirtiéndose en un laberinto de ideas que tomó algo de forma. La alusión a la biografía de Lejárraga busca darle mayor contundencia y contexto. Además, al ser este el primer artículo del blog tras su cambio de nombre, busca también ser una suerte de "homenaje" a Rosa Montero, porque además de fascinar con sus obras, hace que siempre vuelvan a mí las ganas de escribir.

Loca, ¿la de la casa?

La loca de la casa es una exquisita obra de mi autora favorita: Rosa Montero. La leí hace ya algún tiempo pero no dejo de acordarme de cada página. Me imagino esa introspección que logró hacer, me imagino cómo debe haberse sentido al desnudar su mente y su vida en un libro.

Las casas son como personas. Sus paredes exteriores cuarteadas, sus ventanas mirando como si quisieran grabarse lo que sucede fuera; y adentro, ¿qué hay? magia, locura, secretos, tiempo. Somos quizás como una casa, nos edificamos, nos renovamos, guardamos dentro tantas cosas que seguramente no conocemos por completo. 
Me tomo un poco el nombre de esta obra maravillosa para darle una nueva personalidad a este espacio digital. Loca, la de la casa; altera el orden del título de la obra porque sé que eso es de ella, de Rosa. Pero de cierto modo siento que, al igual que ella (pero con una experticia que no le llega ni a los talones y con una pauta que me marca sin prisa) este blog es también un espacio que personifica la relación que mi imaginación tiene conmigo.

Antes se llamaba "Just Whispering" (porque creía que escribir era también susurrar, por eso les dejo la descripción antigua del blog en esta entrada), pero ahora sé que mis letras son la mayoría del tiempo un yo que adquiere distintas caras y distintos cuerpos; que otras veces no soy yo sino alguien más, que escribo para curarme y también para curar, para contar y para SER.

Anexo:

Just Whispering...

Porque a veces lo único que queremos es susurrar,decir lo que pensamos en "bajito". Cuando susurramos esperamos que alguien nos escuche... sólo ese "alguien", nadie más. Porque luego de un susurro queda un "cosquilleo" suave y delicado de las palabras; porque a veces los sonidos fuertes, agudos y chirriantes, no son la mejor forma de desahogarnos... podemos gritar despacito.. y las palabras gritan mejor cuando están escritas.

¿Era Lenín lo mejor de la revolución ciudadana?

Con los hechos que se han suscitado en los últimos días, parece que a varias personas se les ha cambiado por completo su forma de pensar. Antes, se decían miembros de la oposición, dijeron #LenínNoEsMiPresidente , marcharon durante días enteros alegando que los resultados de los comicios fueron fraudulentos, que les robaron su libertad y que no descansarían hasta ver al País en manos de quien "realmente se lo merecía".

Hoy, gracias a la poca memoria histórica que suele caracterizarnos como sociedad, y a la emoción efímera que nos invade en estos días tras la difusión de los audios en los que José Conceição Santos dialoga con el excontralor Carlos Pólit y pone en evidente vilo la posición, dignidad y orgullo político de quien hasta hoy es el Vicepresidente de la República; tras las declaraciones de Lenín mediante las que se pone en evidencia la crisis económica por la que atraviesa nuestro País, tras la batalla campal de Correa en redes sociales alegando que "les quieren robar la década ganada" (cuando el robo se hizo de otra forma) y otros hechos que han trascendido (particularmente ligados al escándalo de corrupción más grande de las últimas décadas: Odebrecht)... logro ver que, ahora, a quienes nos decíamos de oposición (o nos decimos, todavía) nos quieren vender la idea de que Lenín era el mejor candidato opositor que pudo haberse presentado para habitar Carondelet. Y no solo eso, era el mejor testaferro de lo más podrido de la revolución ciudadana. Hoy, Lenín aparece como un héroe, como el que nos dice todas las verdades (y LES dice todas las verdades), como un político tatuado de patriotismo y consideración, que tiene al diálogo como bandera y que, de cierto modo sorprende con sus acciones.


Los excompinches (y aún binomio), estrechando manos en un acto antes de la inscripción de su candidatura. 
El retiro de las funciones a Glas, mediante Decreto Ejecutivo 100, no implica la pérdida del cargo; significa más bien que el mandatario ya no tiene atribuciones y actividades puntuales dentro del esquema del Ejecutivo. Es decir, Glas sigue siendo el Vicepresidente de la República, Glas sigue siendo el binomio de Moreno, Glas sigue simplemente SIENDO. La diferencia es que, ahora, no viajará en el avión presidencial, sino que tendrá que recorrer el País por tierra para "trabajar con la ciudadanía" (como ya declaró), y un par de cosillas más, pero aclaro lo del avión porque parece que es lo que más le ha dolido.

Con este escenario, al parecer Glas adoptará la posición de lucha, se convertirá en el mercenario defensor de la revolución ciudadana, será el opositor de su binomio y seguramente la piedra angular en la que se fundarán los ideales de una "Nueva década ganada", de la mano del titiritero que, al menos por ahora, disfruta de una placentera estadía al otro lado del charco. 


Hoy, el Ecuador que hace poco estaba tan dividido, sigue marcado por una tendencia que no tiene esperanza de ser revertida: los inicialmente opositores ahora parecen oficialistas, y los inicialmente oficialistas parecen opositores; y así seguiremos, brincando de un lado al otro como si se tratara de un juego de niños; o, más bien, un juego de grandes (porque las ratas políticas ya están bastante creciditas).
La madurez política que requiere el pueblo no está ni siquiera en pañales. Nos falta, y tanto. No se trata de salir a bailar y festejar porque las funciones le fueron retiradas al vicepresidente, tampoco se trata de cantar victoria porque "¡Qué bestia! Este Moreno sí que está haciendo las cosas bien". Seamos analíticos, reemplacemos la sensibilidad por la sensatez. 

Si notamos que nuestro País empieza a caminar con miras a un futuro prometedor, si nos proponen un plan real para subsanar la enorme deuda que nos dejaron, si no nos siguen metiendo el cuento de que con carreteras y escuelas del milenio (pero sin fuentes de trabajo y sin mecanismos de progreso) estamos casi a un pasito de convertirnos, poco más en potencia mundial; ahí, solo ahí, empecemos a alegrarnos porque "el que esté/el que venga/el que siga sí ha sabido hacer las cosas bien", y el pueblo ha sabido también ser protagonista y no solamente un títere de quienes lo manejan a su antojo, y se frotan las manos como una mosca acechando pasteles, alegrándose de haber metido la mano en sus bolsillos y preparándose para cometer cuanta desfachatez esté a su alcance.

Los niños…¿no lloran?

Caminaba por un concurrido lugar de mi ciudad. Disfruto mucho de observar a la gente; no es curiosidad, es instinto. Me gusta sentarme y ver a las personas que pasan, qué es lo que hacen, cómo actúan, cómo se relacionan con el mundo.

Una familia de cuatro miembros (a juzgar por mi intuición, eran familia). Él, tal vez 35 años, ella 30 o un poco menos. Dos pequeños revoloteaban a su lado. Una niña de 3 o 4 años y un caballerito de 6 u 8 años. Jugaban juntos, saltaban y corrían alrededor de sus padres y adornaban con su risa y travesura la fría tarde de junio.

Por necesidad y, para mí, por perfecta coincidencia, se sentaron muy cerca del sitio en el que estaba. Papá y mamá conversaban y reían y el par de hermanos se sentaron al borde de la banquita en la que la familia decidió descansar. De un momento a otro, la mirada de los dos pequeños se encendió, había un carrito de helados en la zona. “¡Por favor, por favor, queremos un helado! Helado, he-la-do. HEEELADOOO!”. Los dos niños se acercaron al comerciante con un par de monedas que su padre les había dado, dichosos, saboreaban dos paletas rojas. Al regresar, el hermano mayor tropezó con los cordones de sus zapatos (estaban desatados, siempre lo estuvieron), cayó y empujó involuntariamente a su hermana, lo que ocasionó que las golosinas cayeran al piso.

En cuestión de segundos, las sonrisas se extinguieron. Ambas miradas se llenaron de lágrimas y estallaron dos llantos que llenaron, en segundos, el eco del lugar. “Ya, mijita, tranquila, tranquila” le decía la madre a la pequeña. Mientras que el padre, levantó con delicadeza pero muy firmemente, al pequeño sujetándolo del brazo: “ A ver, hijito, cálmate. Los hombres no lloran, debes ser durito”.

El niño se encogió de hombros y trataba de consolarse mientras se fregaba los ojos con las manos y limpiaba su nariz. Estaba desconsolado, sí. Pero no tenía de otra, tenía que “aguantarse”; es lo que le había dicho su padre, y sus lágrimas tenían que obedecer.


 No paraba de rondarme la misma idea en la cabeza: En serio, ¿los hombres no lloran? Desde sus primeros días, e incluso desde que están en el vientre de sus madres, los niños aprenden e imitan lo que escuchan y ven. Sus sentidos son la puerta de entrada al mundo, son los engranajes que trabajan arduamente  para formar su personalidad; children see, children do.

Será entonces que, decirle a un niño que, por ser hombre, no debe llorar ¿es lo correcto? Para muchos padres, puede serlo.

El llanto no es una bandera de género, no es un agente diferenciador entre un niño y una niña. Es, simplemente, una forma de exteriorizar un sentimiento: alegría, dolor, tristeza, nostalgia. Decirle a un niño que “no llore, por que los hombres no lloran”, es un riesgo latente.

En las culturas latinoamericanas suele ser un hecho recurrente, pero, ¿se han puesto a pensar en los efectos?

Nos quejamos constantemente de las acciones machistas; incluso hay niños que, desde pequeños, buscan demostrar superioridad frente al género contrario; seguramente a muchos de ellos sus padres o alguien cercano les dijo que las muñecas son solo un juego de niñas, que las niñas no juegan con autos, o, simplemente, les dijeron que “no lloren”, porque los niños no lo hacen. 



Es necesario criar niños que sepan el valor de los sentimientos. Que aprendan a reír, pero que también aprendan a llorar. La sensibilidad ante la vida resulta elemental, dejemos que los niños rían y lloren, no por berrinche ni capricho, deben hacerlo si les resulta necesario. No son máquinas, son seres humanos. Y el llanto es una de las muestras más sublimes de humanidad, una lágrima que moja una mejilla será también causante de un abrazo o una caricia. Los niños necesitan llorar; para, valga la redundancia, sentir que sienten.


Crónica de media cuadra (porque no fue posible la cuadra entera)

Caminar por la ciudad resulta relajante y placentero, principalmente si es por lugares que guardan historia, magia y secretos. Quienes me conocen saben lo mucho que adoro el Centro Histórico de Quito. Al transitar por sus calles, suelo perderme en cada esquina, cada balcón. No puedo dejar de admirar la belleza de su arquitectura, ni de su gente.

Sin embargo, resulta que ahora ir al Centro Histórico (sola) se convirtió en un acto inconveniente y de riesgo. Y sí, tal vez no solamente en ese sitio de la ciudad si no, en general, en las calles del mundo.  No se trata de ser feminista, de caer en tendencias radicales ni de exagerar en actitudes, pero resulta lamentable que el solo hecho de caminar por sitios públicos (para las mujeres, mayoritariamente) sea tan complicado.

Viernes, media tarde. Clima cálido y jornada laboral. Estacioné mi auto en uno de los espacios públicos que tiene el Centro Histórico de Quito, mi sitio de destino estaba exactamente a una cuadra del lugar en el que dejé mi vehículo. Bajé del auto, me ilusioné con ese aroma a maíz dulce, con la clásica bulla de este sector de la capital; adornada por los gritos de los vendedores de periódico, vendedores ambulantes y las llantas de los autos chocando contra ese pavimento que, de seguro, ha soportado pisadas de personas que hicieron historia. Mientras camino por allí, disfruto de imaginar cómo habría sido la zona hace un siglo, o tal vez dos.

A penas dí un par de pasos, y bastaron para encontrarme con un montón de hombres impertinentes. Es lo que hay: IMPERTINENCIA, tropezones con "halagos" que no queremos. “Mira, unita así para nosotros”, “Ay, reina, ssssss”, “Qué bestia, qué rica”.

El acoso callejero es una realidad, y nos ha obligado (lamentablemente) a caminar con la cabeza baja, con miedo y frustración. Según cifras del Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, el 80% de las mujeres sienten temor de usar medios de transporte píublicos, y al menos el 68% de ellas sienten temor de transitar por sitios públicos. Los números son alarmantes, y es un fenómeno mundial. ¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar los “piropos” de desconocidos? ¿Hasta cuándo debemos agachar nuestra cabeza para tratar, en la mayor medida posible, de no ser acosadas por esas miradas que intimidan y aterrorizan?

Seguí caminando, saltando de un lado a otro de la calle para evitar estos encuentros poco afortunados con los acosadores. Esquivaba acosadores como si se tratara de evitar baches. Sí, porque eso son: ACOSADORES. Deberán entender que acosar es invadir el espacio de otra persona, no importa que no exista contacto físico, una palabra o mirada son suficientes. Asustada, llegué a la siguiente esquina y me encontré con un grupo de 5 o 6 hombres. Todos decían palabras insultantes. Eché a correr para la siguiente esquina aguantándome las ganas de parar frente a ellos y gritarles todo lo que merecían. Pero no, resulta que no podemos pararnos frente a ellos porque de seguro nos pagan con la misma moneda. Harán un círculo en torno a nosotros y gritarán una u otra impertinencia más, tal vez hasta se atreverían a tocar nuestro cuerpo o a golpearnos. Porque son así, son los dueños de las calles, y se creen dueños también de quienes por a caminamos. Harores. Stimidan y y se creen dueños tambien s porque de seguro nos pagan con la misma moneda. Harores. Stimidan y hí caminamos. Un vigilante de tránsito se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, regresó a ver y no hizo absolutamente nada.


Llegué asustada a mi lugar de destino, no me atreví a caminar de regreso al sitio en el que había dejado mi auto y pedí que un taxi me trasladara al lugar. No caminé más de lo que debía, no logré hacerlo. Debía recorrer una cuadra y tuve que quedarme a la mitad.

Las mujeres debemos sentirnos libres de transitar por el sitio que elijamos, bajar nuestra mirada no debe ser una opción. No necesitamos medios de transporte “diferenciados”, tampoco necesitamos botones de auxilio para denunciar el acoso, necesitamos una sociedad consciente de que el acoso no es una opción, ni los “piropos”, ni los silbidos, ni tampoco los “besos” de un auto a otro, o de un auto hacia la calle, o frente a frente.

No los conocemos, tampoco queremos hacerlo. Solo queremos vivir nuestra rutina sin tener que alterarla por culpa de un acosador. Solo queremos ser transeúntes, y serlo en paz.




Entre los pechos de Emma Watson y un idilio de motel

Las redes sociales son un monstruo que crece a pasos desmesurados cada día. A ese ser, a veces tan bueno y a veces tan horripilante, le gusta comer de todo: chismes, curiosidad, morbo y crítica. Pero, uno de sus alimentos favoritos son los eruditos. ¡Sí! esos nuevos eruditos, opinólogos y dueños de la verdad.

En las redes sociales, todos somos libres de decir y exponer lo que bien nos plazca; pero las riendas del bicho en el que vamos "sentaditos" pierden el control casi todo el tiempo.

Corría el mes de marzo de 2017, ya nos habíamos visto inundados de contenidos sobre la mujer. Entre el acoso y la lucha, entre la justicia y la equidad. Y es que parece que, detrás de una pantalla de ordenador o de dispositivo móvil, somos poderosos. ¡Y sí que lo somos! Somos los amos y señores de lo que publicamos, de lo que replicamos y de lo que vemos. El criterio se nos resbala entre los dedos mientras tecleamos ansiosamente...

Hace dos días (que no les suene a periódico de ayer, pasa que recién logré animarme a escribir) ingresé a la web de la BBC y encontré una nota que llamó mi atención: Controversia por fotografías en Vanity Fair: ¿es Emma Watson antifeminista por mostrar sus senos? . No soy amante de la información de espectáculo, pero como periodista sé que hay que enterarse de todo. "Lee de todo, hasta para que tengas de qué conversar con la gente", decía un profesor de mi universidad.

Leí la nota con atención, y llegué a la conclusión de que el término feminismo está "híperutilizado" , a tal punto, que perdió su esencia y significado. Sucede que Watson, actriz y modelo británica es reconocida (además de sus papeles en grandes producciones cinematográficas) por apoyar e impulsar principalmente, causas que promueven la igualdad de género.

Llega el momento "cúspide" del tema, y Watson aparece en una serie de fotografías que muestran "algo demás" (para opinión de todos los eruditos y opinólogos). Entonces, la multitud se enardece: ¿CÓMO ES POSIBLE QUE, WATSON, AL LUCHAR CONTRA LA COSIFICACIÓN DE LA MUJER, APAREZCA EN IMÁGENES DE TAL CATEGORÍA? La actriz, se defendió, manifestó que hay una confusión sobre el concepto feminismo, resaltó lo artístico de las fotografías y añadió que el feminismo se trata de "la liberación y de dar opciones a las mujeres" .

Fotografía de Emma Watson, en Vanity Fair
Tan confundidos estamos, que nos alarmamos por una sesión de fotos (sin vulgaridad, desde mi punto de vista), pero no nos alarmamos por un grupo de mujeres mostrando los pechos en una plaza central de un país latinoamericano. ¿Sabemos verdaderamente QUÉ es el feminismo? ¿Lo llevamos como bandera o como excusa?

Volviendo al drama de las redes sociales, hoy ocurrió un hecho que también llamó mi atención. Se hizo viral un video sobre una pareja saliendo de un motel, el esposo de la mujer en cuestión grabó el hecho y enseguida se viralizó (bien puesto el nombre "viralizar", a veces las redes nos contagian de contenidos basura, y eso sí que es un  virus. Resulta casi como enfermarse.).


De inmediato, aparecieron fotografías de la mujer con su esposo, del amante con su esposa, de la mujer y sus hijos, de la vida, pasión y muerte de los protagonistas de este idilio de motel. El afectado, impulsado por su ira, seguramente no pensó demasiado para grabar el video, tal vez tampoco pensó demasiado en lo rápido que podía llegar a millones de espectadores, tal vez tampoco pensó en sus hijos ni en su familia...tampoco lo hicieron todos aquellos que se dedicaron a reenviar el material a su lista de contactos, tal vez no pensaron lo vergonzoso y difícil de la situación...tal vez, simplemente, NO PENSARON.

Sucede, entonces, que entramos en un conflicto moral complicado. Nos hemos dedicado a criticar todo lo que vemos, a viralizar contenidos y a viralizarnos la mente. Nos hemos dedicado a luchar contra una verdad inexistente, o a crearla de la nada y deshacerla cuando nos viene en gana.

Ya no tenemos claro qué es el feminismo, ya no sabemos a dónde va esa lucha. No sabemos si se trata de satanizar a cada hombre que vemos o de satanizarnos a nosotros mismo. No sabemos si lo que debemos hacer es publicar cada cosa que vivimos, o mofarnos de lo que vive el resto.

Dos hechos aparentemente aislados, que tal vez no son prueba de nada o son prueba de mucho. Del morbo, de la burla, del paredón en el que ponemos a los "protagonistas" cada vez que "viralizamos" lo indebido.

Ocupa tu lugar

“Es solo por un momento” , “No pasa nada, total hay muchos otros espacios” , “Nunca están llenos” . En estos días, me he detenido a pensar qué es lo que pasa por la mente de las personas al estacionar sus vehículos en el lugar destinado para mujeres embarazadas o personas con discapacidad.

Luego de un análisis rápido, pude concluir que, tal vez, las premisas antes expuestas son las más lógicas o sencillas. Sin embargo, no deja de resultarme molesto ver que personas “sanas y buenas” utilicen espacios de estacionamiento que, no por nada, están situados más cerca de puertas de acceso, tienen mayor distancia entre ellos y, normalmente, tienen pintados unas rayitas azules que de decorativas no tienen nada.


Basta con dedicar un minuto del tiempo en el que visitamos lugares públicos, detenernos y observar.

En estos días, en un conocido centro comercial de la ciudad, estacioné mi vehículo y me senté un momento a observar los espacios de estacionamiento para personas con discapacidad.

Estuve sentada, observando durante 10 minutos. Habían 5 espacios de estacionamiento con líneas azules en el piso, tres vehículos se situaron allí. Dos de ellos, ocupando casi dos espacios. De una furgoneta blanca, tres hombres jóvenes bajaban cajas, luego se quedaron conversando arrimados al vehículo, riendo a carcajadas como adornando su acto de irrespeto e ironía. Del otro vehículo, bajó una señora. Parecía estar en apuros, corrió, y del mismo modo regresó con sus manos llenas de ropa recién retirada de la lavandería (no había nadie más en el vehículo). No me quedé a ver quién llegaba hasta el tercer vehículo, ya no me importó tampoco. Porque, a juzgar por los otros dos autos, podemos decir que “gana la mayoría”. Si el tercer vehículo ocupó el lugar por verdadera necesidad, entonces no hace una diferencia positiva que los otros dos autos no lo hayan hecho; porque los espacios estaban (en su mayoría) ocupados por autos que no debieron estar ahí.

Según registros del Consejo Nacional de Discapacidad (CONADIS), en Ecuador existen  415.500 personas con discapacidad. 196.076 personas tienen discapacidad física. Del total, 35.27 % tiene un grado de discapacidad grave y el 19.59 % muy grave.







En repetidas veces, hemos sido testigos de iniciativas (mayoritariamente en redes sociales) que buscan crear conciencia en las personas para que sepan que los lugares de estacionamiento para personas con discapacidad son justamente para eso: PERSONAS CON DISCAPACIDAD. Sin embargo, parece que ninguna ha logrado su objetivo por completo.  Dejo, por ejemplo, una campaña realizada en Perú (cuyo video, en cierto momento, se volvió viral).

Me resulta inaudito pensar que una persona, por apuro o por simple comodidad, sea capaz de estacionar su auto en espacios reservados para otros fines, como si las líneas azules o los rótulos estuvieran allí por simple adorno.

Si somos capaces de pasear por varias horas en un centro comercial, o en cualquier otro lugar, ¿por qué somos incapaces de caminar 20 pasos más para llegar a una puerta?

No es justo que, las personas que realmente necesitan dejar sus vehículos más cerca de los accesos, tengan que conformarse con ver estos sitios ocupados (y de lejos) desde la ventana. No es justo que finjamos “ceguera voluntaria” o “demencia voluntaria”, no es justo que los sitios de parqueo para personas con discapacidad estén ocupados, la mayoría de veces, por personas que no lo necesitan. No es justo que, como sociedad, no aprendamos que el respeto y consideración son la base para una vida justa y digna. No es justo que no entendamos que, lo único que debemos hacer, es ocupar nuestro lugar. Al fin y al cabo, ¿qué tan difícil puede ser?









#AléjalesDelCelular

Recuerdo de manera impecable aquella vez en la que visité a mi sobrino. Él tenía unos cinco meses de edad y estábamos jugando en su cuarto. Por un descuido (o por simple reflejo) dejé mi celular sobre la cama, él lo tomó, manejó el menú con sus manitos y, por intención o por coincidencia, llegó al menú de juegos y abrió el primero que aparecía. “Los niños de ahora ya vienen con el chip” –Me dije.

Ahora, él ya creció. Es un niño lindo, juguetón, súper creativo y, pese a su corta edad, podemos tener una conversación coherente de todo. Él me ha preguntado si me siento triste porque mi esposo está de viaje, me cuenta cómo le va en la guardería y cuando nos vemos me incluye en sus juegos con carritos, trenes y pistas.

 Incluso recuerdo que una vez nos inventamos toda una historia de piratas para jugar a la “aventura” en la que él era el capitán y debíamos huir de un buque lleno de piratas malos. No había ni tal buque, ni tales piratas malos. Solo éramos él y yo imaginando todo el escenario antes de su hora de dormir. Recuerdo claramente su carita, él se asustaba si estábamos cerca de los piratas malos e incluso me decía que hable despacito para que no nos escuchen.

Estoy convencida de que la imaginación es uno de los grandes tesoros que tenemos las personas. Lo siento así porque desde muy pequeña, aprendí a inventarme juegos, a entretenerme con lo que tenía a la mano (sin que necesariamente sea un juguete), a imaginar escenarios y a crear historias a partir de ellos. 

Con mis primos, cuando éramos niños, jugábamos al restaurante, a la oficina, a la familia, e incluso imitábamos el Juego de la Oca o el concurso de canto de Sábado Gigante en el que aparecía el chacal. Todo se valía, y pocas veces recuerdo haber dicho que “estábamos aburridos”.

Ahora, las cosas son distintas. La tecnología se ha ido ganando todo el espacio. La usamos para todo, es nuestro medio de conexión, nuestra fuente de información, distracción y casi todo. Tengo que hacer un mea culpa y aceptar que reviso redes sociales bastante seguido, y en esas andadas justamente me encontré con un interesante artículo de Diario El Universo: "Los huérfanos digitales, niños con problemas de conducta”. El solo titular me aterra “Huérfanos digitales”, niños solos, claro está… pero, ¿solos en compañía de la tecnología?

Sin tener un fundamento netamente científico, mis instintos de mujer/aún no madre/persona, me llevan a pensar que la tecnología puede resultar grave para los niños, pero jamás imaginé que el efecto pueda ser tan fuerte.

Veo a la tecnología como la salida fácil. ¿El niño está aburrido? ¿El niño no quiere comer? ¿El niño no tiene con quién jugar? ¿El niño se cansó de pintar en su libro de dibujos? HAY QUE DARLE EL CELULAR, LA TABLET, LA COMPUTADORA. Eso, así se queda quieto, callado y educado. 

A Youtube no se le acaban los videos, al teléfono no se le terminan los juegos, y aunque al aparato se le acabe la batería, al niño no se le acaba y con la misma viada con la que empezó a manejar los aparatos irá a buscar un enchufe para quedarse pegado a la pared con su amigo celular.

En el artículo del que les hablo, constan varias versiones de profesionales en el tema que me atemorizan. De estas, quiero rescatar tres puntos importantes (no es quel el resto no lo sean), para ello, me permito copiar extractos de mencionado texto:

  • “Es sumamente negativo y termina con la creatividad innata y propia de los infantes, luego son niños y niñas sin un desarrollo físico sano y adecuado a su edad y desarrollo”, refirió la psicóloga Ana Lucía Alarcón porque considera que los infantes se convierten en receptores pasivos del contenido de estos artefactos.
  • “Una vez que los papás dan estos dispositivos (celulares) y se olvidan por completo de sus hijos ahí se va perdiendo ese vínculo social, esa parte afectiva y por eso vemos a muchos niños con problemas de agresividad actualmente en las escuelas y colegios. Esto se da por la falta de atención de los padres”
  • Al crecer, los menores que no son tratados psicológicamente por esta conducta también tienen dificultad para socializar con las personas, para tener una relación sentimental, refirieron los especialistas".



No tengo hijos aún, pero cuando los tenga espero poder controlar esto que parece tan complicado. Sin embargo, sobre la base de lo expuesto me atrevo a afirmar que TODO es cierto.

Un dispositivo electrónico entrega el pack completo, texto, imagen, sonido, movimiento…TODO! Los celulares son las niñeras electrónicas ideales, pero eso sí, las más peligrosas.

Con un dispositivo electrónico un niño se aisla por completo, no entiende la importancia de conversar, de compartir, de contar, y tampoco entiende la importancia de relacionarse con el resto de gente porque TODO lo encuentra en ese aparato diminuto que lo acompaña siempre.

Un niño que usa excesivamente un dispositivo electrónico tampoco es capaz de desarrollar su creatividad. Es cierto, hay miles de aplicaciones, videos, juegos que “desarrollan el intelecto de los niños”, pero nada se compara con entender y sentir la naturaleza, con ganar la capacidad de imaginarse alguna actividad para jugar o entretenerse, con armar un balón con un montón de trapos o papeles o con dibujar una rayuela en el piso y jugar hasta que caiga la noche.

¡Qué valioso enseñarle a un niño a conversar, a relacionarse, a entender el mundo desde la perspectiva de los humanos de carne y hueso, y no de aquellos que aparecen en la pantalla de los dispositivos electrónicos (muchas veces nada humanos)!

  

Para Daniela, madre de un niño de tres años, la batalla para evitar que la tecnología gane terreno con su hijo es una lucha constante. La tecnología es inevitable, es real, está ahí. Pero está en nuestras manos (padres, tíos, primos, abuelos) evitar que esta acabe con lo único que nos diferencia a los seres humanos de los animales: la racionalidad, la capacidad de relacionarnos y de entendernos.

Enseñemos a nuestros niños el verdadero valor de jugar, de imaginar, de SENTIR el mundo (no el valor de sentir una pantalla o un teclado). Enseñemos a nuestros niños a leer, a encontrar en un libro mundos infinitos, a imaginar. 

#AléjalesDelCelular ¿TE UNES?

¿Roles?

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